Se habla de la posibilidad de llamar a una nueva asamblea constituyente, lo que inmediatamente viene provocando unas voces a favor y otras en contra; pero no se habla de lo realmente importante, ni se preguntan en verdad para qué servirá una nueva Constitución. Unos dicen que sería un gasto en vano, que se derrocharían varios millones de dólares; también, que demoraría mucho tiempo; o, que tendríamos tres elecciones y que la gente está cansada de ir a las urnas. En este sentido, cabe recordar que desde el 2008 que entró en vigencia la Constitución de Montecristi: hemos visto como se manipulan las instituciones; se han mofado de la justicia; han destrozado los órganos de control y fastidia ver que son cuotas políticas en la mayoría de los casos; han vilipendiado a los municipios y los han adormitado a sus dignatarios. En fin, han degradado tanto la institucionalidad del país, que la única opción que nos han dejado para reinventarnos como Nación es una constituyente.
Entre las voces disidentes encontramos a varios de los asambleístas entrantes, que por cuidar sus curules se oponen, forzando justificativos erróneos y malinterpretando el fin de este poder originario; solo cuidan su puesto y no entienden la necesidad imperiosa de los cambios de fondo que requiere de manera urgente e impostergable el país. Otros, haciéndose eco de un pronunciamiento de la Corte Constitucional, ya intentan definir que la nueva constituyente debe ser de poderes limitados, seguramente pretenden afianzarse en el estatus que del abuso del marco constitucional actual, que destruyó la esencia de la República, dando paso a una pseudo monarquía, enmascarada en un hiperpresidencialismo maquiavélico.
Puede que el Presidente de la República esté en el momento adecuado para llamar a una consulta popular y que el pueblo de paso a conformar una Asamblea Constituyente. Aquí, lo importante que deberíamos discutir, es la hoja de ruta que se trazará para lograr un óptimo desempeño de dicho cuerpo colegiado; además, es trascendental que se tenga en consideración, que es oportuno que el Ecuador: recupere el equilibrio de representación legislativa y por ende se aplique la reducción de asambleístas; que se retomen las tres funciones del Estado, fortaleciendo la independencia entre estas; que se haga efectiva una verdadera descentralización de los gobiernos seccionales; que se legitime el dólar, cortando todo riesgo de crear monedas virtuales paralelas; que se abra la economía a la inversión extranjera, sentando las bases de la tan anhelada seguridad jurídica.
La idea de dar paso a una constituyente, es precisamente lograr cambios fundamentales en el país, cuya institucionalidad se fortalezca más allá de los gobernantes; que se cierre el paso a la impunidad; y, que permita crear políticas de Estado aplicables, indistintamente de cualquier gobierno de turno, sea de derecha, centro o izquierda. No será una tarea fácil, esperemos que las reglas de juego nos conduzcan a elegir gente capaz y preparada, no improvisados; que sea honesta y no busquen acomodos personales o sectarios; que sea digna del pueblo que representan, y no serviles de los grupos que los candidatizan.
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