El Festival Internacional de Artes Vivas de Loja (FIAVL) llega a su undécima edición (2026) atravesando una encrucijada que ya no se puede disimular con luces ni aplausos apresurados. Con un presupuesto gubernamental drasticamente recortado a USD 1 200.000 —una cifra ínfima en comparación con los USD 3 a 4 millones asignados en sus primeras entregas—, el certamen vuelve a dejar al descubierto las costuras rotas de un modelo asfixiado por el centralismo burocrático y la incapacidad de gestión de las autoridades locales.
El lastre del centralismo y la trampa del SERCOP
Año tras año la historia se repite. La planificación contractual del festival gravita en las dependencias del Ministerio de Cultura y Patrimonio, con la estrecha coordinación del Ministerio de Educación y el filtro rígido del SERCOP.
Bajo la excusa de la estandarización pública, los procesos de contratación se articulan bajo esquemas centralizados desde Quito que terminan beneficiando a grandes contratistas externos. En la práctica, esto se traduce en recursos consumidos en logística foránea, viáticos y propaganda estatal, relegando al talento, a los técnicos y a los proveedores lojanos a ser meros espectadores en su propio territorio.
Falta de autonomía y pasividad en la gestión local
Sin embargo, achacar la crisis únicamente al gobierno central sería una mirada parcial. El verdadero cuello de botella radica en la carencia de visión autónoma de los gobiernos locales. Tras más de una década de vigencia, la autoridad local ha sido incapaz de articular alternativas sostenibles:
Inexistencia de instrumentos financieros propios: No se han constituido fideicomisos culturales ni fondos de contrapartida local.
Ausencia de alianzas estratégico-privadas: No se promueve el mecenazgo ni el patrocinio de la empresa privada nacional e internacional.
Dependencia absoluta: Se ha asumido una postura pasiva, limitándose a esperar la transferencia presupuestaria dictaminada desde los escritorios capitalinos.
Más que poesía: Un ecosistema económico y humano
Atrapados en la maraña institucional y presupuestaria, se suele olvidar el propósito de fondo: el festival no es mera poesía ni un adorno estético en la agenda del Estado. El FIAVL es un motor de desarrollo vital para el sur del país que impacta de forma directa en tres ejes fundamentales:
Dignidad para el artista: Detrás de cada telón hay actores, músicos, bailarines y gestores que requieren escenarios respetados, pagos justos y contrataciones transparentes, libres del sesgo centralista.
Reactivación del turismo: La hotelería, la gastronomía y los servicios de transporte encuentran en el festival su pico de ocupación e ingresos más alto del año.
Sustento para el emprendedor: Desde el artesano en las plazas hasta el comercio minorista, las calles iluminadas del festival representan el pan diario de decenas de familias lojanas.
«Reducir el Festival de Artes Vivas a un trámite burocrático o a una cifra recortada en el presupuesto nacional es despojar a Loja de su alma. La cultura no es un gasto gubernamental: es una inversión en la dignidad de los artistas y en la economía de toda una región.»
Hacia una verdadera autonomía cultural
La undécima edición debe marcar un punto de quiebre definitivo. Loja ostenta una innegable herencia artística y la capacidad técnica suficiente para dejar de extender la mano a la capital.
Es momento de exigir a las autoridades locales que abandonen la apatía, asuman su responsabilidad histórica y estructuren una gestión autónoma y autosostenible. El arte vivo de Loja le pertenece a su gente, a sus artistas, a sus comerciantes y a sus visitantes; no a la burocracia de turno.














