Casi siempre hacemos prevalecer los errores frente a las virtudes, por ello es que, cuando hablamos de candidatos, más nos dedicamos a criticar que a realizar una valoración del potencial que pueden desarrollar nuestros representantes. En la mayoría de los casos, le damos prioridad a la crítica mal sana, a la mofa, a aquellos que se nutren de memes, chistes o difamaciones, frente a los elementos que nos permiten medir la capacidad, probidad y virtudes de los postulantes a una dignidad de elección popular.
Talvez la idea, sea no cargarse con la responsabilidad de saber elegir; puede que llevemos implícito en nuestras decisiones el desdén egoísta, al no saber designar con consciencia a quienes realmente están preparados para representarnos. Suele pasar en varios eventos democráticos que luego de elegir y ver fallar a nuestros dignatarios, elegidos con nuestro respaldo, lo más fácil que encontramos es decir a boca en cuello: se volvieron a equivocar los políticos; o, que pena nos volvieron a engañar.
Recordados estos escenarios, es preciso que los ciudadanos en calidad de electores, reflexionemos: ¿para qué elegiremos asambleístas constituyentes? ¿cuál es el poder real que le termino entregando a un dignatario con mi voto para representarme? ¿por qué le di el poder para que tome decisiones en mi nombre? y, ¿qué carga de responsabilidad tengo al haberlo elegido? Si estás reflexiones las realizo de manera consciente, puede que reduzca el riesgo de volvernos a equivocar, como nos hemos equivocado en tantas otras elecciones populares.
En definitiva, la única forma de dejar de quejarnos que los políticos son malos, es no eligiéndolos a los malos, ni buscando como premio consuelo, escudarnos al decir: por lo menos lo elegimos al menos malo. Ya no podemos seguir equivocándonos, porque está en nuestras manos el rumbo de nuestro país, de nuestras futuras generaciones; es momento de elegir con conciencia, y para ello, tenemos que darnos un tiempo para revisar no sólo la capacidad que tiene cada candidato, sino principalmente, la probidad con la que ha manejado su vida tanto en lo público como en lo privado. No hacerlo, es ser irresponsable, es ser parte del problema y no de la solución.














