En el periódico «Anfibio» Patricio Aguirre Aguirre relata que a finales del siglo XVIII el Real Hospital de Loja vivía entre la precariedad económica y las reformas impulsadas por la Corona Española. Documentos de la época muestran cómo se administraba, quién lo controlaba y hasta qué remedios populares llegaban desde el Virreinato para aliviar a la población.
1. Las reformas de Carlos III y el control del Hospital*
El 14 de julio de 1779, el rey Carlos III emitió una Cédula Real que prohibía a confesores, escribanos y parientes recibir bienes de los enfermos a través de capellanías u obras pías. La norma obligaba a los religiosos a dirigir a los enfermos a testar a favor de instituciones de caridad, entre ellas los hospitales.
Esa cédula llegó a Loja el 14 de agosto de 1779. El Corregidor General Pedro Xavier de Valdivieso y Torres, el doctor de la Iglesia Matriz y el juez eclesiástico doctor Miguel de los Ríos Aguilera dieron fe de su recepción. El documento ordenaba organizar los hospitales “quedando bajo su Real patronato y atención” y borrar las Armas Reales antiguas para colocar las nuevas.
Un año después, el 14 de septiembre de 1790, el Tribunal de Cuentas de Quito acusaba recibo de los informes del Hospital de Loja correspondientes a 1789. Esto confirma que las cuentas del “Real Hospital de Loxa” dependían directamente de la Real Audiencia.
2. Las cuentas: 200 pesos para sostener a los enfermos*
Según las Memorias del Hospital de Pío Jaramillo Alvarado, en 1790 el Hospital era gerenciado por el presbítero Vicente Carrión y Piedra. En ese año, don Agustín Vázquez rindió cuentas y demostró que apenas quedaban 556 pesos y medio real en caja, sin poder justificar las rentas de años anteriores.
Carrión denunciaba que recién en 1794 “se entabló algún método a favor de este miserable depósito de enfermedades humanas, que no se ha mirado con la caridad debida”. Afirmaba que el Hospital contaba con 7.879 pesos en censos o préstamos a particulares, cuando con solo 200 pesos se podía atender a los enfermos durante un año.
El 24 de mayo de 1779, Casimiro Castillo, escribano del Rey y del Cabildo, notificó al mayordomo Teodomiro de Añasco sobre las cuentas presentadas. En tres años, entre 1777 y 1779, el gasto registrado fue de 680 pesos, 3 reales y 26 maravedíes. De ellos, 124 pesos y 4.5 reales se destinaron a gastos de Iglesia y asistencia a enfermos.
Los datos confirman lo que decía Carrión: con 200 pesos se sostenían los objetivos del Hospital, mientras la mayor parte de sus rentas se dedicaban a fines financieros.
3. La noticia de un remedio eficaz: aceite de oliva contra las niguas
En medio de esta realidad hospitalaria, el 1 de enero de 1788 llegó a Loja una noticia curiosa desde el Virreinato de Santa Fe.
Manuel Antonio de la Carrera escribió desde Cuenca al corregidor Manuel Vellano y Cuesta para comunicar que el Arzobispo Virrey había dado cuenta de un “remedio eficaz” descubierto por su confesor contra las niguas, insecto común en los países cálidos de América.
El remedio era simple: untar la parte afectada con aceite de oliva, sin calentar. Al morir la nigua, la bolsita que la contenía se desprendía fácilmente.
El Rey ordenó que se publicara por Bando en todo el distrito para que llegara a conocimiento de todos y se usara este remedio “tan eficaz como sencillo y experimentado”.
No existe evidencia documental sobre la efectividad del tratamiento en Loja, pero la orden refleja cómo las autoridades coloniales buscaban difundir prácticas de salud pública entre la población.
Estos documentos muestran dos caras de Loja de fines del 1700: un hospital real con rentas limitadas y mal administradas, y una administración colonial preocupada por difundir remedios básicos para las enfermedades comunes del trópico.
La historia del Hospital y de este remedio contra las niguas es parte de la memoria sanitaria de la ciudad, cuando la caridad, la Corona y el conocimiento popular se cruzaban en la atención de los enfermos.














