Santiago, parroquia rural del cantón Loja, Ecuador, situada al noroeste a 2.450 m.s.n.m. al pie del cerro Uracú. Fundada en el siglo XVI, destaca por su producción agrícola. Esta jurisdicción realiza sus fiestas religiosas de la «divina misericordia» del 5 al 12 de abril.
Santiago vive de lo que siembra y de lo que crea: huertas de maíz y frejol que marcan el calendario agrario, talleres donde manos hábiles tejen cerámica y tallado en madera, y una memoria oral que aún organiza Mingas y relatos de camino. Cada año, esas fibras tradicionales se tensan alrededor de la fiesta del Señor de la Divina Misericordia—misas, procesiones y cabalgatas que llenan la plaza de vecinos y curiosos.
Mery Montoya, del grupo de priostrs, recuerda que desde hace más de 20 años organizan esta fiesta.
Sin embargo, la devoción no basta: las ferias agrícolas que muestran papas nativas, exhiben piezas artesanales y los recorridos culturales chocan con vías empedradas que se vuelven lodazales, con quebradas sin alcantarillado y con un ordenamiento territorial que apenas distingue entre corral y espacio público.
El preámbulo que Santiago necesita es una advertencia amable: las festividades religiosas pueden ser el atractivo turístico, pero solo si la obra pública les hace contrapeso. No se trata de prometer programas y tarimas, sino de presupuestar cunetas, agua potable y rutas seguras para que el turista llegue y el campesino siga vendiendo su cosecha sin cruzar charcos.
Iván Quezada del gobierno parroquial de Santiago, afirma que hacen adecuaciones para recibir a los turistas, dice que hay escenarios para realizar los espectáculos y minimizó los derrumbes en la vía.
La comunidad pone la música y el altar; hace falta que las autoridades traduzcan esa fe en asfalto, saneamiento y planificación, de modo que Santiago reciba a sus visitantes este fin de semana con la misma dignidad con que cultiva su tierra.















