Los acontecimientos recientes causan temor en los lojanos; la Inmaculada Concepción de Loja empieza a ser alterada en niveles desbordantes, con eventos peligrosos que sólo eran vistos por televisión, que sentíamos que eran ajenos a nuestra sociedad. Ahora pasan cómo si nada en lugares céntricos de nuestra urbe, en el corazón de la ciudad, en restaurantes, en discotecas, en barberías. ¿Qué pueden tener estos lugares en común? Sin duda alguna, comparten escenarios llenos de inseguridad, creados por el desdén de un sistema que se vendió a las mafias de distinta índole.
Esa inseguridad que vivimos en todos los campos, requiere la imperiosa intervención de todos: del sector públicos en sus diferentes niveles; y, del sector privado, en todas sus áreas. Lógicamente, la seguridad ciudadana les corresponde implementarla mediante un trabajo coordinado a las fuerzas del orden: policía nacional, ejército ecuatoriano, agentes de tránsito, agentes de control municipal. La policía nacional, debe controlar el orden interno, utilizando los aparatos estatales de inteligencia, saben dónde se vende droga, quienes ejercen la cachinería y cuáles son los grupos delincuenciales; el ejército, debe realizar un control en las fronteras y puertos, este encargo es indelegable; los agentes de tránsito, su labor de control localizada en la tránsito ayudará sin duda a mejorar la seguridad; y, los agentes de control municipal, deben cuidar que esos actos ilícitos no se sigan ampliando en los mercados.
Para nadie es desconocido que, les corresponde a los gobiernos locales trabajar en prevención en temas de seguridad, coordinar y dictar políticas públicas. Pero también, especialmente a los Municipios, les compete mejorar el alumbrado público, darle vida y preocuparse del mejoramiento de los espacios deportivos y de recreación familiar. Asimismo, de manera coordinada, se deben mejorar los controles de seguridad en los lugares determinados como focos peligrosos, a través de cámaras de vigilancia; que deberían ser publicitadas para identificar no sólo a quienes venden estupefacientes, sino también a quienes compran.
Finalmente, esas labores que coordinadamente se deben emprender de manera urgente por el sector público, deben ser afianzadas por dos espacios sociales extraordinariamente relevantes: el hogar y la escuela. En el hogar, es donde los padres, estamos obligados a predicar con el ejemplo, a proteger a nuestros hijos a través de la formación y enseñanza de valores; revisando de dónde tienen recursos o bienes injustificados, así como, los grupos dentro de los cuales se vienen desenvolviendo. Y, en la escuela y colegio, se debe aplicar políticas públicas para devolverle el respeto al docente, a quien se lo ha cohibido de que corrija a los alumnos, que revise sus mochilas o que implemente tareas razonables de corrección. El problema no es sencillo, por eso requiere el compromiso de todos para salvar principalmente a nuestros niños y jóvenes de las garras de los grupos de delincuencia organizada, que causan de diversas maneras la inseguridad en nuestra sociedad; y, con ello, recuperar la paz en nuestra ciudad, cantón y provincia.















