Las trampas, el palanqueo y las normas acomodaticias, han convertido casi a todas las instituciones de nuestro Ecuador en feudos “familiocráticos”. Existía una prohibición llamada nepotismo, entendida como la prohibición para beneficiar a los parientes: agnados y cognados; pero hábilmente la fueron moldeando para saltarse las normas y aprovecharse del poder público. El descaro más grande lo evidencia la Asamblea Nacional, cuando en la misma institución, los astutos asambleístas contratan a sus parientes de manera cruzada; práctica que no ha pasado de ser una simple queja popular o mediática, donde el tráfico de influencias es avalado por el silencio cómplice de los disque padres de la Patria.
Parece mentira, pero los asambleístas bajo el escudo de la dichosa, por no decir tramposa, inmunidad parlamentaria, hacen pleno ejercicio del tráfico de influencias, simulando que otros asambleístas contratan a sus parientes, beneficiando directamente a sus familiares con sueldos de asesores, llegando a ganar familiarmente hasta diez mil dólares mensuales, o más; mientras el común ciudadano no encuentra un trabajo para llevar el pan a su casa, obligándose a pasar por alto esa bendita viveza criolla, porque son simplemente «los legisladores» quienes la cometen.
Si bien la Constitución dice que todos son servidores públicos y el nepotismo intentan aplicárselo a los servidores en general a través de la Ley Orgánica de Servicio Público – LOSEP, por otro lado, los asambleístas tienen la Ley Orgánica de la Función Legislativa para encubrirse y moldear el nepotismo a su antojo. Qué gran «ejemplo» que le dan al pueblo llenándose de trampas, puertas falsas y vicios de interpretación, tan sólo para llenarse los bolsillos de dinero mal habido. Cómo pueden tener el cinismo de llevar pan a su casa de manera deshonesta, sabiendo que al estafar al Estado nos estafan a todos, incluidos a sus propios hijos, a quienes están obligados a formarlos y no a contagiarlos con inmoralidades.
Si el nepotismo sigue siendo malversado, incluso desde la careta que le ponen en ciertas leyes, al forjar que sólo es la prohibición entre la autoridad nominadora y el beneficiario, nada habremos ganado; las entidades seguirán siendo feudos familiares. Si queremos transformar realmente el país, la Asamblea Nacional, hoy por hoy, tiene la ardua tarea de reformar las leyes, para que, en las entidades públicas, ingresen hombres y mujeres de bien, preparados, capaces, honestos y sobre todo probos; y no que continúen siendo las guaridas familiares para enriquecerse.















