En el día de difuntos surgen algunas reflexiones:
“SE SUFRE cuando muere un ser querido, porque su pérdida deja un vacío inexplicable.” Así se expresó un hijo cuando murió su padre y, poco después, su madre.
El dolor y la sensación de inmensa pérdida le produjeron la impresión de estar “ahogándose emocionalmente”
Todos llegamos a experimentar ese dolor.
Sócrates y Platón, filósofos de la Grecia antigua, creían que dentro del ser humano tenía que haber algo inherentemente inmortal, un alma que sobreviviera a la muerte del cuerpo y que en realidad nunca muriera. Hoy, millones de personas de todo el mundo comparten esta creencia. Debido a esa teoría, muchos temen a los muertos o se preocupan por su bienestar.
Al analizar el estado en que se encuentran los muertos, debemos recordar que Adán, nuestro primer padre, no tenía un alma, era un alma. En un impresionante acto de creación, Dios formó al hombre, el alma, a partir de los elementos básicos de la Tierra y luego le insufló “el aliento de vida”. Génesis 2:7 nos dice: «Dios procedió a formar al hombre del polvo del suelo y a soplar en sus narices el aliento de vida, y el hombre vino a ser alma viviente”. Adán se mantenía vivo mediante la respiración. Ahora bien, al insuflarle el aliento de vida, Dios no solo introdujo aire en los pulmones de Adán; la Biblia dice que en las criaturas vivientes de la Tierra hay activa una “fuerza de vida”. (Génesis 7:22.)
Es la chispa vivificante que Dios infundió en el cuerpo inerte de Adán.
El “espíritu” al que se hace referencia en el Salmo 146:4 dice lo siguiente respecto al individuo que muere: “Sale su espíritu, él vuelve a su suelo; en ese día de veras perecen sus pensamientos”. Cuando los escritores de la Biblia utilizaban la palabra “espíritu” en estos contextos, no pensaban en un alma incorpórea que continuara viviendo después de la muerte del cuerpo.
El “espíritu” que sale de la persona al morir es la fuerza de vida procedente del Creador. (Salmo 36:9; Hechos 17:28.) Dicha fuerza no posee ninguna característica de la criatura a la que anima, tal como la electricidad no adopta las funciones del aparato que acciona. Cuando alguien muere, el espíritu (la fuerza de vida) deja de animar las células corporales, tal como una bombilla se apaga una vez que se desconecta la electricidad. Cuando la fuerza de vida deja de sostener el cuerpo humano, el hombre, el alma, muere. (Salmo 104:29; Eclesiastés 12:1, 7.)
Dios creador de los cielos y la tierra, explicó claramente lo que significaría la muerte para el pecador Adán. Dijo: “Con el sudor de tu rostro comerás pan hasta que vuelvas al suelo, porque de él fuiste tomado. Porque polvo eres y a polvo volverás”. (Génesis 3:19.)
En este aspecto, la muerte humana no difiere de la de los animales. Ellos también son almas, y los activa el mismo espíritu o fuerza de vida. (Génesis 1:24.) En Eclesiastés 3:19, 20 el sabio Salomón nos dice: “Como muere el uno, así muere la otra; y todos tienen un solo espíritu, de modo que [en lo que respecta a la muerte] no hay superioridad del hombre sobre la bestia […]. Del polvo han llegado a ser todos, y todos vuelven al polvo”. El hombre era superior a los animales porque había sido creado a la imagen de Dios y, por lo tanto, reflejaba las cualidades del creador supremo. (Génesis 1:26, 27.) Sin embargo, cuando mueren, tanto los seres humanos como los animales vuelven al polvo.
Salomón aclaró aún más el significado de la muerte cuando escribió: “Los vivos tienen conciencia de que morirán; pero en cuanto a los muertos, ellos no tienen conciencia de nada en absoluto”. En efecto, los muertos no saben absolutamente nada. De ahí que Salomón aconsejase: “Todo lo que tu mano halle que hacer, hazlo con tu mismo poder, porque no hay trabajo ni formación de proyectos ni conocimiento ni sabiduría en el Seol, el lugar adonde vas”. (Eclesiastés 9:5, 10.)
Los muertos van al Seol, la sepultura común de la humanidad. Nuestros difuntos no tienen conciencia de nada. No están sufriendo ni tampoco pueden ejercer influencia alguna en nosotros.
Según la Biblia, cuando Adán se rebeló, Dios dispuso inmediatamente el medio para eliminar las terribles consecuencias del pecado humano. La muerte no entraba en el propósito de Dios para la humanidad. (Ezequiel 33:11; 2 Pedro 3:9.) De modo que esta no tiene por qué ser irreversible para nosotros ni para nuestros seres queridos.
Dios se propone rescatarnos a nosotros y a nuestros difuntos de la muerte adánica. Por este motivo, la Palabra de Dios compara la muerte con un sueño. Por ejemplo, al enterarse de que su amigo Lázaro había muerto, Jesucristo dijo a Sus discípulos: “Nuestro amigo Lázaro está descansando, pero yo me voy allá para despertarlo del sueño”. En vista de que los discípulos no captaron enseguida el sentido de aquellas palabras, Jesús especificó: “Lázaro ha muerto”. (Juan 11:11, 14.) Luego se dirigió al pueblo de Betania, donde Marta y María lloraban la muerte de su hermano Lázaro. Cuando Jesús le dijo a Marta: “Tu hermano se levantará”, ella expresó su fe en el propósito de Dios de eliminar los efectos de la muerte en la familia humana, pues respondió: “Yo sé que se levantará en la resurrección en el último día”. (Juan 11:23, 24.
Marta no hizo referencia a un alma inmortal que siguiera viviendo en otro lugar después de la muerte. No creía que Lázaro hubiera ido a alguna región espiritual donde continuara existiendo. Marta tenía fe en la maravillosa esperanza de la resurrección. No creía que del cuerpo de Lázaro hubiera salido un alma inmortal, sino que su difunto hermano había dejado de existir. El único remedio para la muerte de su hermano era la resurrección.
Dios ha facultado a Jesucristo para que redima a la humanidad. (Oseas 13:14.) Por consiguiente, tras las palabras de Marta, Jesús dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que ejerce fe en mí, aunque muera, llegará a vivir”. (Juan 11:25.) Luego fue a la tumba de Lázaro, que llevaba muerto cuatro días, y lo resucitó, demostrando así el poder que Dios le había concedido. (Juan 11:38-44.) Imagínese la alegría de los que presenciaron esta resurrección o cualquier otra de las que ejecutó Jesucristo. (Marcos 5:35-42; Lucas 7:12-16.)
Deténgase ahora un momento y piense: si el hombre tuviera un alma inmortal que sobreviviera a la muerte, nadie necesitaría que se le resucitara, que se le hiciera volver a la vida. En realidad, no sería bondadoso resucitar a alguien como Lázaro para que volviera a llevar una vida imperfecta en la Tierra si ya hubiera estado disfrutando de la dicha celestial. Lo cierto es que en la Biblia ni siquiera aparece la expresión “alma inmortal”. Al contrario, las Escrituras dicen que el alma humana que peca, muere. (Ezequiel 18:4, 20.) Así pues, según indica la Biblia, el único remedio para la muerte es la resurrección.














