Esa mujer
tenía dos desnudeces;
la una.
la apacible.
espuñes de mis ausencias me esperaba con reproches tatuados en el idioma oculto
que a sola todavía
hablábamos los dos;
dolida y con la voz también desnuda
me preguntaba si había andado perdido
de ella
o de mí mismo
de que no ser por todo
y agregaba
lo que en la oscuridad después reconocía
no estaría segura
de que quien con mi voz la saludaba
no fuera otro que yo.
La otra
la voraz.
salía a buscarme,
de fijo me encontraba,
humeando me arrastraba a su cubil
y se ufanaba de que yo estaría, mientras ella quisiera,
Por cierto,
yo sabía que ninguna,
atado sin remedio a su furor.
la mansa o la salvaje,
tenía de su lado la absoluta razón,
porque sin darse cuenta se juntaban,
juntas agonizaban,
revivían,
abrazadas rezaban algo así como una descarriada avemaría














