Cuando rara vez llega a nuestra ciudad la máxima autoridad del país, nos llenamos de incertidumbre, revolotean las autoridades seccionales y la militancia del oficialismo se viste de ceda mostrando sus mejores galas. La ciudad no es la misma, hay vías cerradas, patrullas en exceso y sirenas advirtiendo que algo pasa; y, los servidores públicos en gran parte se dan a la pera, aunque no logren entrar en los escenarios preparados para escuchar las alocuciones del dignatario presidencial; en fin, todos quieren estar cerca y sacarse la foto con el presidente, para ver si algún momento esa imagen, puede ser utilizada y forme parte de su currículo vitae.
Unas horas o máximo pocos días antes de su llegada, los grupos adeptos de campaña comienzan a planificar las formas de agradar a la autoridad, sin dejar de lado, que los que están ardidos porque todavía no les han dado un puesto, planifican los reclamos que se diluyen sin resultados. Los dignatarios locales ordenan a sus asesores y directores que redacten sendos manifiestos, que se quedan en el limbo cuando no les dan audiencia o se van al tacho de la basura, porque no están sustentados en estudios o proyectos.
Pasan y pasan las horas de la visita presidencial, y muchos de los seguidores del dignatario nacional van viendo agotar sus esperanzas, pues no entienden que la sola presencia en montonera en una visita, no les otorga el boleto premiado para ingresar al gobierno. Por otro lado, muchas de las peticiones que presentan las autoridades locales son simples lirismos; apasionados discursos escritos sin esencia, sin fundamento, sin ideas claras que muestren nuestra calamitosa realidad.
El presidente se marchará y sólo quedará un buen recuerdo; abundantes fotos que históricamente contarán quienes fueron sus seguidores de temporada; y, una que otra autoridad que pasó por desapercibida en el tiempo. Lo cierto es que, debemos entender que ningún presidente se va a encargar de resolver nuestros problemas; que las necesidades más apremiantes de nuestros barrios, sectores y parroquias demandan de una verdadera planificación local consciente, que estamos obligados a reconstruir como sociedad; considerando que hay que caminar hacia adelante y que el pasado se queda en el pasado, que jamás podrá regresar, y menos si no tiene nada que ofrecernos.















